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El arte de modificar narices se volvió muy necesario en distintas epocas bien por amputaciones a los criminales o por los estragos de la sífilis. Tal vez por ocupar un lugar central en el rostro, la amputación del órgano del olfato era el castigo con que se penaba a adúlteros, madres que prostituían a sus hijas y ladrones, durante el reinado de Federico II, en el siglo XVIII.
Por motivos semejantes, una ordenanza policial del siglo XIII en Augsburgo ordenaba que se les cortara la nariz a señoritas ambulantes o coquetas si se paseaban por la calle, los sábados por la noche, cuando era época de ayuno.
Algunos por grande, otros por pequeña, según datos de la Sociedad Americana de Cirugía Plástica y Reconstructiva, anualmente, unas 40 000 personas modifican la forma de su nariz en los Estados Unidos.
Antes se pensaba que una rinoplastia estética implicaba rehacer toda la forma de la nariz. Hoy se trata de realizar las menores modificaciones posibles, conservar elementos originales, como para que a la vista quede una nariz natural, con una buena definición, sin que sea evidente la participación del cirujano plástico.
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